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Historia de la lamprea, Pesbami

Ya en la antigua Roma la lamprea era considerada un auténtico manjar, los romanos se las llevaban del Miño.

Decía Plinio ‘el Viejo’, un escritor, científico, naturalista y militar latino en el Siglo I: “Cayo Hirio prestó de su piscina, solamente para las cenas triunfales del César, seis mil lampreas, que no quiso vender ni cambiar por ninguna otra mercancía”.

Es, sin embargo, en la Edad Media donde la lamprea alcanza su mayor esplendor al ser permitido su consumo en épocas de vigilia debido a que era un pez, por mucho que su textura se pareciese más a la carne de un animal.

Según Gregorio Morán en la Vanguardia, la lamprea permitió sortear un conflicto teológico sobre si se podía comer en días en que no se podía tomar carne, ya que tenía “la ventaja, de ser un pez y al tiempo poseer la suculenta carne de un animal."

En todo el ámbito de la cristiandad se comían lampreas. No se sabe si también en el Danubio, pero conviene no olvidar que el primer trabajo científico de Sigmund Freud, en Viena y en 1877, trató sobre la larva de la lamprea.

Están historiadas en la dieta desbordante del emperador Carlos V, que era un gran devorador de lampreas. Tiene pedigrí literario desde los romanos hasta Alejandro Dumas, que en “El conde de Montecristo” habla de las lampreas del lago Fusaro.

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